Bodas de Oro

Márton acaba de morir en la cama acompañado de su esposa que duerme junto a él. Es un 25 de Enero y son las 23.25 horas, los gallos apenas comienzan a cantar.

Se despierta minutos después y le da un beso cargado de amor a Réka, como si fuese el último de una larga secuencia histórica o el primero.

Al rato, son casi las 23 horas, tras holgazanear un poco sale de la cama, contento, sin duda va a ser un día excepcional.  Toda la familia reunida, hijos y nietos, ramas verdes de su futuro tronco que brotan con fuerza. La simple idea le hace feliz. Apenas tiene sueño.

Son sus bodas de oro, le parece mentira tener que esperar 50 años para casarse, ¡lo ve tan lejano!

Se quita el pijama y se viste de gala aunque su aspecto es el de un hombre cansado tras un día largo e intenso. La corbata dista mucho de respetar su trazo habitual y parece una soga en su cuello, soga que no aprieta, pues no es ésta una historia de suicidas. La camisa está por fuera de los pantalones y además manchada de vino.

Aún así Réka, pese a su formalidad y respeto a lo que es correcto, sonríe al ver el curioso porte con el que Márton sale de la habitación, con el honor suficiente para forzar brindis, brindis que quizás le quiten los coloretes que presentan sus mejillas.

Y ahí están todos, la familia llega al completo, se saludan y besan como si no fuesen a verse durante un tiempo, pese a que el día no está más que comenzando. Son las 21.40  y todos andan ya igual de desaliñados, dentro de sus trajes y vestidos de noche, con niños dormidos por el cansancio del madrugón reciente y camareros del cátering ajetreados trayendo las copas del brindis que acaban de hacer. Todo el mundo ríe excepto un niño que llora desconsolado. El pequeño Attila se asusta. Inmediatamente un camarero descolcha una botella de champán con gran estruendo. No será la primera vez que Attila necesite una tirita antes de hacerse la herida.

Los  postres vienen, acompañados de palinka. La tarta está deliciosa pero el menú promete mucho y hay que guardar espacio. Todo está por decir en la velada. Réka sonríe, guapísima a sus 70 años, los nietos, de puro cansancio, parecen seres civilizados y los hijos, eslabón intermedio, quieren tanto a sus padres y han brindado tanto por ese amor que ya sólo les queda la opción de comer tranquilos y de hablar de nada, tal y como suelen ser las conversaciones en mesas ampliamente pobladas a la hora de cenar. Más si se trata de familiares, nunca se puede hablar de algo con familiares si es de noche y hay vino, es mejor postergar la charla para después, quizás para el té de la tarde.

Llega el segundo plato y los niños respiran tranquilos porque no es goulash, un segundo plato nunca puede ser goulash. Sirven carne con guarnición, energía para encarar la tarde venidera, la jornada laboral, en el caso de los mayores, y el colegio, para los más pequeños.

Márton tiene mucho por encarar, también. Está jubilado por lo que le queda aún una amplísima carrera laboral. Tiene 74 años y probablemente trabaje hasta los 16, hasta los 23 si decide estudiar en la universidad. Eso no le preocupa ahora, ya tendrá tiempo para ello, prefiere centrarse en el solomillo y en ver la cara de esos nietos que deberá ir viendo nacer, de esos hijos que tendrá que tener y que educar. Tanto trabajo que, si no estuviera ya hecho y a la vez por hacer, nadie creería que es posible el llevarlo a cabo.

De primer plato, como temían los pequeños, hay goulash. Los infantes han tenido demasiado tiempo para disfrutarlo y ahora prefieren sabores nuevos y diferentes, generalmente edulcorados. No tienen miedo a destrozar su dentadura con cantidades ingentes de caramelos porque, debido a su edad, ya tienen la capacidad de regenerarla, nada que ver con su joven abuelo y su dentadura postiza de principiante.

Para finalizar la comida los camareros traen unos entrantes y vino, cuya denominación de origen no conocemos pero que debe de ser realmente peculiar, puesto que es un vino que al beberlo desemborracha y que mancha a priori, para después dejar las camisas de blanco impoluto. Quizás sea marroquí.

La gente cada vez se muestra más seria, formal, distante. La comida ya ha acabado y todo comienza a estar más medido, cada palabra lleva un doble sentido que no siempre busca agradar, la velada pierde la sincera cercanía de la que hacía gala al principio.

Los niños, enérgicos, pelean y corren y gritan y lloran y ríen y saltan, en un desorden cíclico pero constante.  Sin duda debe ser debido a lo mucho que alimenta el goulash.

Se acerca el momento de la despedida y, entre mucha alegría fingida, Márton y Réka lucen felices, fingiendo tan sólo que no notan el fingir de los demás, de algunos de los demás, que no todo es fingimiento.

Cada cual se retira a sus respectivas vidas, pues son ya cerca de las 17 horas y pronto comenzarán las obligaciones pertinentes y, al igual que las vidas, respectivas.

Márton, que sigue jubilado, a la espera de serle más útil a la sociedad, da un largo paseo sin pensar en nada. ¿Para qué pensar pudiendo tan sólo disfrutar del pasear?.La Isla Margarita le cuenta sus secretos más íntimos con un susurro que recuerda gravemente al vals del Danubio Azul, otorgándole a dicho río un cromatismo con el que tan sólo puede soñar, al menos de momento. El Bastión de los Pescadores observa a nuestro protagonista desde su posición privilegiada, a la espera de pescadores que hagan de ese magnífico lugar un verdadero bastión.

Vuelve a casa dándole la espalda al parlamento, ya de día cerrado, y almuerza algo ligero con su esposa que ha estado toda la tarde cosiendo un suéter de ideas porque estaba demasiado cansada para el exigente paseo.

Deciden acostarse a la espera de días similares, puesto que pedir más es poco y pedir menos estúpido.

Márton se duerme rápido pero se despierta con un leve repullo para volver a dormirse instantáneamente, es temprano, son las 8.30 de la mañana, se acostó hace menos de media hora y necesita descansar para prepararse ante lo que le espera, una vida plena de amor y felicidad, de penas y miserias, de abundancia y esperanza no exenta de desesperanza. Martón acaba de nacer, tiene un día de vida, todo está por escribirse, aunque la historia ya se sienta como un terrible deja vú eterno, aunque parezca que todo viene siempre a destiempo, justo en el momento no concreto.

No se preocupa por nada, porque sabe que todo saldrá bien, que nada es ese fin del mundo que a veces parece o que nos cuentan. Ha nacido con la sabiduría de un niño, a su corta edad, 74 años, ello constituye un regalo delicioso. Ya tendrá tiempo para aprehender y desaprender, pero sin duda, y eso nos alegra profundamente, es consciente de que pase lo que pase, saldrá adelante con la sonrisa de superioridad que le produce el sentirse minúsculo, el saberse minúsculo dentro de un orden mayúsculo que quizás, en otro momento, se esfuerce por entender.

Ahora no, ahora sonríe en su propio sueño, las preguntas vendrán a su debido momento pero puesto que éste no es tal momento, no han de venir. Están en otros lugares. Sabe que, además, la clave es hacer las preguntas adecuadas, lo olvidará pronto. Réka le da un beso y lo arropa, él duerme, ha sido un día ajetreado. Desde su muerte al buen rato con la familia y paseo posterior, muchas emociones en el día de su nacimiento.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cuentos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s