El mechero

 

Sólo encendió un cigarro, al menos con su último portador, denominado comúnmente dueño o propietario.  Se trata de un mechero normal, naranja transparente, de una marca rara, con bastante gas en el mágico instante que llegó a las manos del chico que ahora lo mira, cómo se mira a algo de un valor excepcional,  y siente, pese a no poder explicarlo, una extraña paz, un estado de tranquilidad  ciertamente atípico para lo que es nuestro concepto de ella. Es una tranquilidad basada en unas vibraciones diferentes, en un recuerdo demasiado especial como para recrear en su portador la misma melodía pausada y monótona de siempre cuando la calma llega y el cuerpo y la mente se relajan, esta vez cambian los tonos y la intensidad, siendo el resultado final realmente armónico.

Es curioso que situaciones u objetos cotidianos, en ocasiones, puedan tener una fuerza simbólica asombrosa, puedan llevar a los que conocen el significado de dicho símbolo a una “sensación de totalidad” completa, a un: saber de nuestra enorme ignorancia hacia todo lo fundamental sintiendo a su vez que se ha estado en contacto con “eso que no tiene nombre pero que es lo que somos”, como decía aquella chica de gafas oscuras.

Al día siguiente de encontrarse con su último portador, el mechero murió. No se conocen las causas debido a la imposibilidad de hacerle una autopsia clínicamente fiable, si bien se sospecha que la razón pudo ser una pequeña brecha que se aprecia en la parte baja de uno de sus costados. Podría afirmarse que su vida útil (refiriéndonos siempre desde el punto de vista de su último portador) fue bastante inútil pero eso sólo podría afirmarse desde un total desconocimiento de la génesis de su relación, que ahora no viene al caso, y del poder que atesora, debido a la misma.

Es cierto que no quemó toneladas de hachís ni encendió velas de lujuria. Es cierto que tuvo un único uso…y aún así es conservado como un tótem sagrado. ¿Nuestra mente conserva igual los recuerdos?, ¿es el mechero la mera expresión física de uno especialmente agradable y por eso tiene su estatus privilegiado en el mueble, tan envidiado por las cerillas y la mayoría de los demás mecheros? o ¿simplemente acapara un poder real, quizás fundamentado en energías que aún no podemos comprender?

Independientemente de cuál sea la respuesta, el mechero con su sola presencia sigue alumbrando la cara del chico que, sonriente, lo mira como si no estuviese viendo un mechero, como si dicho objeto inanimado poseyese más vida que cualquier otra cosa del mundo.

Maravillosa relación fraternal, no debida a una piromanía melancólica. El secreto no se conoce pese a que es sentido por el chico como una realidad latente, ¿para qué ponerle palabras si podemos sentirlo? ¿No nos robarán la magia una vez tengamos un término para referirnos a ello?

 

 

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