Paseo en el coche de la racionalidad

El coche no es nuevo pero está en un estado óptimo, su velocidad es indudable. El cinturón, siempre necesario pese al gran avance que supuso el airbag, es una leve correa que amarra su cuerpo al asiento y reza por él en caso de una brutal colisión frontal o de un simple frenazo inesperado.

Pero este coche no baraja los accidentes. Es demasiado seguro, tiene abs, doble airbag, luces antiniebla, ruedas especiales…sin menospreciar el hecho de que engulle calzadas cada vez más perfectas. Sus frenos no pueden fallar, no sin que antes se encienda la luz correspondiente para avisar de tamaño percance. Tecnología punta alemana con la potencia desbocada del motor norteamericano. Todo medido, todo calculado, el margen de error llora de puro aburrimiento.

El piloto, único ocupante del vehículo, cabalga, quién sabe a dónde, más rápido de lo que cualquier animal podría soñar, siempre que dicho animal no sea humano, puesto que tales seres suelen contemplar siempre el “más”, generalmente identificándolo a su vez con lo “mejor”.

Desciende la autopista en 5º marcha, a una velocidad tan respetable como para afirmar que andando se tardaría muchísimo más o, en situaciones extremas, para pensar que no sería posible recorrer dicha distancia a pie. Pero dejemos el raro mundo de lo imposible a un lado y ciñámonos a lo posible, no menos extraño y complicado universo.

Se acerca a un pueblo de nombre indeterminado, famoso por los misterios que esconde, y, quizás a causa de la rotonda de la entrada, reduce el ritmo hasta parecer un gran mamífero metálico del sur de Europa; para comenzar inmediatamente a callejear buscando una dirección concreta guiado por su intuición, puesto que el gps no tiene planos del lugar. Esos aparatos siempre tienden a almacenar lugares determinados.

Cada vez se achica más la anchura de la calle hasta llegar a un punto, demasiado estrecho, que el coche no puede atravesar pero que el conductor necesita pasar. La imposibilidad de cruzar con el coche es manifiesta, caminos alternativos son inviables por inexistentes.

El hombre toma la decisión, sorprendente para quien conoce las cómodas bondades de dicho vehículo, de bajarse y, en un acto insólito de tremenda osadía, continúa andando por el estrecho callejón que le lleva a su destino, dejando atrás la poderosa máquina surgida del pensamiento y de la técnica.

El coche esperará tranquilo el momento de volver a ser útil, porque a buen seguro volverá a serlo, cuando su dueño, el conductor, vuelva de su paseo por los callejones misteriosos a los que, en última instancia, tan sólo se puede acceder a pie.

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