La tristeza y La carta

“Por toda la hermosura

Nunca yo me perderé

Sino por un no sé qué

Que se alcanza por ventura”.

(San Juan de la Cruz, Glosa a lo divino del mismo autor).

 

La tristeza

 

¿Qué argumentos dar

a quién no quiere vivir,

a quién no encuentra la paz

ni ve un porvenir?

¿Alguien sabe

cómo mostrar la belleza de una hoja de olivo

a quién no tiene ojos para mirarla,

a quién no cree que tales cosas

puedan ser bellas?

¿Es posible iluminar

cuando falta luz y llama?

Dijeron que con el ejemplo

bastaba

pero no basta, no basta.

Y la tristeza vuelve.

Por la misma puerta por dónde marchó,

tiempo atrás.

Entra y sonríe,

con seriedad,

para mostrarnos lo inútil de vivir sin vivir.

Está en el ambiente,

aunque no le permito tocarme.

No quiero.

La veo danzar por el pasillo,

dinámica la tristeza,

 en busca de víctimas propicias,

con el afán de ultrajar voluntades,

de minar autoestimas

y de ocupar el trono sagrado

que la alegría le robó,

tiempo atrás,

cuando se discutía por todo

y los días duraban dos minutos.

Tiempo atrás,

pasaron las mismas cosas.

Tiempo atrás la vi entrar por la puerta,

la misma puerta por la que,

tiempo atrás,

marchó.

¿Y por qué esa constancia?

¿Por qué vuelve implacable?

Le veo la cara. Le hablo.

Me lo acaba de decir.

Viene a dar un mensaje,

 aún no ha podido entregarlo.

Lleva décadas con el mismo cometido.

Hasta que el destinatario,

por fin, abra el sobre,

la tristeza,

fiel emisaria de la Nada,

no marchará para siempre.

 

La carta


El sobre lleva una carta

que no puede escribirse,

una verdad

que está por ser descubierta.

Lleva la esperanza de un niño

y las últimas lágrimas de una madre.

Condensa el vacío y la plenitud,

como antítesis que se besan

y dan un resultado soñado,

a falta de pasar a la praxis.

Son cartas individuales,

no intercambiables.

Algunas llevan mucho pegamento

y son difíciles de abrir.

Siempre llevan bastante Nada dentro,

aunque a veces no contengan nada.

En esos casos,

la carta no era necesaria,

tan sólo se mandó por rutina,

por un “algo” aburrido y bromista,

que quiso poner a prueba

a quién ya había pasado esa prueba.

Yo vi mi carta.

Me lancé a por ella

sin saber qué era.

La leí.

La releí.

¿Cuántas veces?

Imposible recordarlo.

Cada vez

tenía una línea más

y una línea menos.

Ahora no necesito cartas,

mandadme vuestras postales

con imágenes de los paraísos

que disfrutáis en vuestra letargia.

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