Milagro arquitectónico

Un Joven duerme hasta que no duerme, hasta que despierta quizás en sueños o quizás desde un ensueño que lo mantenía en  un mundo diferente. Pero ha despertado y vuelve a su misma cama, a su misma habitación de su misma casa.

La noche cerrada se abre de par en par al paseo aún adormecido por el pasillo, ese mismo pasillo de parqué, que es igual al de siempre si no fuera porque hay una puerta nueva justo al lado del salón comedor. Abrir la puerta constituye un acto de valentía pero mucho más valiente se ha de ser para pasar de largo ante tan súbita y tamaña proeza arquitectónica que en silencio se muestra misteriosa y tentadora.

Dado lo reducido del piso y los problemas de espacio y conviviencia que ello genera, se antoja, esconda lo que esconda, como una magnífica oportunidad de ampliar un mundo asfixiado en la cotidianeidad de lo cotidiano y vulgar, en la dialéctica de la tapa del wáter bajada y la comida a las 2 en punto.

Con decisión de indeciso obliga lentamente a las visagras a que encuentren su nirvana y accede curioso y asustado a una oscura sala.

¿Cómo nunca supo de aquella misteriosa habitación?

Dentro hay agua que contiene un importante tesoro. Eso lo sabe él aunque Yo, narrador, no conozco cómo ni por qué.

Está en su mano sumergirse en la magia de su nuevo hallazgo, de esa habitación psíquica que se encuentra en sueños y que confirma que quedan sitios por descubrir, espacios que visitar, ocupar y que además, al parecer, esconden valiosos regalos. Y esos lugares están dentro del espacio más íntimo y personal, su propia casa, junto al sitio dónde todos los días comía más de lo que necesitaba y veía pasar la vida como pasan los anuncios en prime time, si no vio la puerta antes quizás se debía a una vigilia demasiado prolongada, porque en su casa, en la casa de la psique, estuvo demasiado tiempo distraídamente despierto y no soñó todo lo que debería.

Es una lástima dejar de visitar esos ricones que tanto pueden ampliar nuestro ámbito doméstico, que nos enseñan, queramos o no, realidades cotidianas que nos fueron invisibles por largo tiempo.

Amigo, Joven, amigo, tómate un café en tu nueva sala de estar, la que ha aparecido al lado del salón comedor, aunque tengas el agua al cuello y carezcas de flotador y no sepas nadar, mejor de esa forma, así te hundirás antes y antes encontrarás el tesoro, incluso sin buscarlo.

Está ahí. Pero lo custodia una sombra o una ondina o la sombra de una ondina, ¿tienes miedo de la sombra que comparte contigo el no-tiempo y el no-espacio? Tan sólo es parte integrante del juego de crecer consistente en integrarla en tu día a día para así desintegrarla y acabar con la amenaza que su oscuridad y misterio supone, pudiendo acceder de esta manera al tesoro.

Estás en la sala, no huyas, vence a la sombra, tu sombra, bébete el café mirándole a la cara y que la luz apague su sórdida fatalidad, halla lo que el tesoro que hay en lo más profundo y escondido de tu casa puede depararte, el miedo sólo pospone lo inevitable o evita lo impostergable, opciones nulas de cara a la armónica convivencia con uno mismo.

Mejor ser un buzo frustrado que un ser incapacitado por el miedo, que alguien que no es capaz de mirar dentro de su propia casa, por muy inesperada y rara que sea esa habitación nueva, por muy problemático para el orden doméstico que sea ese tesoro aún desconocido pero hondamente conocido.

La armonía pasa por que la música suene en la casa entera, por escuchar la melodía escondida bajo el agua, pues el tesoro tan sólo es notas musicales que elevan nuestro espíritu al son de su magna vibración.

Escúchalas. ¿No puedes? No debieras abrir tan sólo los ojos, sino también los oídos, sino también algo más que los oídos…

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