Un amanecer nos vio

beber rosas ardientes

mientras yacíamos

sobre el céntrico barro

de nuestra improvisada

luna de miel suicida.

El parque somnoliento

guardó profundas huellas

de un amor húmedo

y ambos acampamos

en corazón ajeno,

desayunando besos

y mordiscos letales.

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