No signal

La mesa puesta y los cristales de la ventana empañados, afuera una poderosa lluvia parecía empeñada en evitar las siempre típicas conversaciones  sobre la más que probable sequía del próximo verano. Pese a eso, era una noche normal y la familia Gutiérrez se disponía a cenar, esperaban a que el padre asara la carne, cara y mal cortada por el carnicero, tal y cómo la Señora Gutiérrez expresó con ferocidad al entablar un primer contacto con la misma, mientras la niña pequeña, cuya sonrisa mellada incitaba a la reciprocidad, luchaba silenciosamente para conseguir la hegemonía del mando a distancia, llave de poder sobre la atmósfera de la habitación, catalizador de los sonidos e imágenes  que a todos poseían como zombies sin alma.

Con tan sólo un dedo, el gordo de su diminuta mano derecha, creó un conflicto sin igual: el hermano, que era el mediano, empezó a decir que sin fútbol él no comía y la madre, la señora Gutiérrez, recordó a todos los presentes que a las 10.23 empezaría su serie favorita y que en el nuevo capítulo la mala se iba a casar con el abogado honesto y que ella no podía perdérselo, lo había leído en la guíatv. El padre, hasta ahora impasible, absorto en su empresa asadora, intervino apoyando a su hijo y haciendo una breve referencia  a la importancia vital de los últimos minutos para conseguir un gol, porque el otro equipo estaría cansado y la carne se quema…además, si ya sabía que el abogado honesto (“¿un abogado honesto?”, pensó) se iba a casar con la mala, ¿para qué quería verlo?, se merecía esa mala suerte por… Calló porque había suscitado demasiada atención en la pequeña, la cual quizás no debería oír el adjetivo que acontecía, era importante proteger su inocencia; tras decir que él no vería un partido de fútbol sabiendo de antemano el resultado, volvió a las chuletas que ya tenían, algunas, vestido de tizones y maquillaje de ceniza. La hermana mayor, que había estado viendo la lluvia caer a través de la niebla, por un pequeño círculo que hizo en el cristal, contraatacó preguntando por qué, si no veía partidos cuyos resultados sabía, todos los primeros domingos de cada mes ponía con sus amigos la final del mundial, gritando como locos cuando Iniesta marcaba, y, por cierto, la carne se quema, mira la lumbre, papá.

La hermana pequeña, ajena a estas batallas, poderosa con su varita mágica bajo el cojín, con acceso a 78 canalas, 4 de ellos de dibujos animados, observaba una serie un poco alocada, parecía imposible sacarla de ese trance que la mantenía en un silencio impropio de un niño. Pero fue bastante fácil, el hermano, tras un rápido forcejeo, usando su fuerza bruta consiguió arrancarle el mando, en un principio apoyado por su madre puesto que le prometió  que era para ponerle la serie anhelada.

La tormenta se hacía más fuerte, el viento golpeaba las persianas y la lluvia obligaba a darle más volumen a la tele, tal y como el padre sugirió.

La carne estaba casi hecha, era momento de comer.

De pronto, cosa normal cuando hacía mal tiempo, “No signal”, la tele perdió la señal.

Todos rieron, ahora la guerra por el mando carecía de sentido (pese a ello, el hijo lo escondía en su bolsillo, atento a posibles ataques) en esta tregua que la antena les daba para ser una familia, para hablar de lo que en algún momento hablaron las familias. La hermana mayor comentó algo de la universidad pero aún los demás no estaban preparados para una conversación, miraban la tele y su oscuridad desafiante que los retaba, con ojos de impaciencia ante la inminente vuelta a la normalidad, “al programa que no quiero ver y por eso discuto”, al fútbol que está en los momentos decisivos, al abogado honesto (y guapo) que comete el error de su vida…

Todos comenzaron a comer carne, extrañados por el silencio que dejaba sus vidas vacías, compartiendo mesa con unos desconocidos que no sabían qué decir, qué hacer. La pequeña dijo de traer la radio. En conjunto admiraron su honda sabiduría pese “a lo pequeña que es”, observó la madre tirándole del moflete, orgullosa de la obra que esculpía.

La radio no tenía pilas y la señal de la tele no venía. Ya se habían comido la carne, de esos 20 minutos no hay nada qué contar, son minutos que nunca tuvieron lugar. Sin la trinchera que es el masticar ante la guerra que es la conversación, todos se sintieron un poco más estúpidos, aún.

La pequeña pidió jugar a un juego pero todos confiaban todavía, incluso la hermana mayor, la misma que solía proponer apagar la tele, en que en algún momento volvería el espejo de sus vidas, su ventana al mundo.

Hicieron  diferentes llamadas a algunos vecinos. Todos tenían señal y el partido había tenido un final apoteósico, mañana era un día de madrugar para comprar el diario deportivo, de plastificar la portada, de especular con ella en el futuro. La madre llamó a su hermana, una que estaba profundamente enamorada del abogado honesto, para ver si éste había cometido la estupidez de… ¡no, no lo hizo!, se quedó tranquila, de hecho todos en la habitación respiraron aliviados (quizás por empatía con la que solía cocinar o quizás por matar la incomodidad  del silencio) al saber que en el último momento desenmascararon a la maldita e interesada novia, quedando ésta abandonada en un vengativo llanto maligno a la puerta de la iglesia, dónde caía una lluvia potente. Todos rieron, ahí también llovía y la tele les había hecho algo parecido a ellos, los había abandonado, con lo honesta que era siempre…

La niña pequeña, con su afán de matar al tedio, propuso de nuevo algo. Parece ser que quería jugar a la oca pero la conversación se había iniciado y sus propuestas no fueron ni siquiera escuchadas, la madre estaba contenta del desenlace, porque el abogado no merecía eso, si bien el padre y el niño se quejaban amargamente de no haber disfrutado en directo de la gesta, afortunadamente el vecino siempre grababa los partidos, mañana se lo pedirían, aunque en la calle, a sus amigos, dirían que lo vieron en directo para no quedar mal y…vaya final, ¡casi nos da algo a mi hijo y a mí!, se preparaba el padre para el día siguiente. La hermana mayor, harta de tanto sinsentido y cansada de la pantalla en negro con el mensaje “no signal” parpadeante, lanzó la bomba: si no apagáis la tele me iré a mi habitación a leer.

En un principio su ataque tuvo tanto éxito como la propuesta de la pequeña de jugar a la oca. Pero tras decirlo una segunda vez todas las voces se callaron. Nunca se habían planteado tal cosa, no si estaban despiertos en casa.

Comenzó el hermano dando una verdadera lección de retórica en su defensa de porqué la tele debía de seguir encendida, basándose fundamentalmente en el respeto a la tradición y haciendo una gran exhortación emotiva en pro de la no acción y de lo necesario de mantenerse unidos en contextos de adversidad. El padre estaba emocionado ante las dotes oratorias de su hijo y la hermana mayor quedó dubitativa, mientras tanto la madre estaba dando unas cabezadas. Fue la hermana pequeña la que lo caló,  acusándole de tener un interés directo en que la tele estuviera encendida, porque él tenía el mando y, cuando volviese la señal, podría poner lo que quisiera. La duda, tan bien lanzada por la pequeña, estalló en la habitación creando serias desconfianzas ante los verdaderos intereses del mediano. Éste intentó defenderse haciendo unas vagas referencias al interés común y a que todos estaban sufriendo, si bien la pequeña, de nuevo, asestó unas palabras que entraron como un puñal en la argumentación del otro, dijo que  no había interés común puesto que ellos pondrían el resumen del partido y ella quería ver la película de dibujos animados que echaban a la misma hora. Sin duda, la pequeña arpía, tal y como la definió su hermano, se había preparado sus ataques cuando fue al servicio, estudiando a fondo los horarios de la guíatv que allí descansaba. “En mear no se tarda 10 minutos”, pensó el mediano, orgulloso de haber descubierto el modus operandi de la niña.

La confusión se empezaba a adueñar de la habitación. Los debates se precipitaban vertiginosamente, del “deberíamos tener al menos dos teles” pasaron al, no menos filosófico, “deberíamos tener tres teles o, al menos, dos teles y una radio con pilas”.

La pequeña, que no sólo sabía hablar bien sino que también gozaba de un carácter un tanto violento, intentó agredir a su hermano con una muñeca, probablemente como venganza por haber sido llamada pequeña arpía. La madre, que obviamente ya no dormía, instaba al padre a que acabase con aquella anarquía, si bien éste no sabía cómo enfrentarse a ese nuevo desorden que desvertebraba toda una tradición de convivencia pacífica. La hermana mayor hizo su pequeña revolución abandonando la sala, diciendo algo de continuar con un libro que empezó hace meses. Para entonces el hermano mediano, que había tenido unos breves minutos para planear su ataque, cogió raudo el juego de la oca y lo arrojó a la lumbre. El padre intentó salvarlo pero una parte del tablero y todas las fichas y dados ardieron rápidamente.

Los llantos y las promesas de vendetta de la pequeña invadieron la sala, apenas se escuchaba, pese al silencio de la tele, la gruesa lluvia cayendo sobre las chapas de la caseta del jardín. Se dijeron muchas cosas, algunas impropias de un ser tan pequeño, otras impropias de un adolescente con pelos en los huevos. Los padres estaban desbordados, comentaron algo de poner televisión de pago, de que no iban a permitir que esto volviese a suceder, de que tenían derecho a ver la tele, de que llamarían a un técnico, de que irían a un camping el fin de semana siguiente si el tiempo mejoraba…camping con televisión, por supuesto.

Pero fueron intentos vanos de resolución del conflicto. La pequeña, actriz magnífica, pidió disculpas a su hermano por el intento de agresión, comentó ligeramente lo poco que le importaba la oca, al fin y al cabo podían comprar otro pack (usó la palabra pack, ¡pack!, “quizás las clases particulares de inglés dan resultado”, pensó la madre) y dijo que necesitaba ir al servicio. Debido a lo elocuente de sus disculpas y a la ilusión de calma y estabilidad que su intervención produjo, nadie se molestó en ir a ver qué hacía.

A los 15 minutos, el hermano mediano, comenzando a estar receloso acerca de una posible traición de la pequeña, fue a su propia habitación para ver si estaba allí, haciendo algo en contra de su patrimonio. Todo estaba en orden, la pequeña seguía en el servicio, lavándose sonriente los dientes, incluso le sacó la lengua, amistosamente, por el agujero de su antigua paleta superior. La miró y de un modo cortés le devolvió la sonrisa, el sentido común se había impuesto por fin. O eso parecía.

Unos minutos más tarde, cuando, exhaustos, descansaban los padres  y el hijo, dormitando en su lucha onírica contra el vacío que les producía la orfandad en la que la ausencia de tele los había sumido, la pequeña asomó en el salón con una escopeta de plomos en las manos, dirigiéndose fríamente a su hermano. Tenía que vengar su honor y su oca, eso no podía quedar así, “tiro porque me toca”, pensó. Sólo disponía de un disparo antes de que todo se precipitara, antes de que la familia en conjunto despertara con el grito de dolor de la víctima y de que su padre, probablemente, le diera una bofetada y su madre tuviera que limpiarle la sangre de la herida a su hermano, sin embargo quizás, con suerte, el plomo se le quedara dentro.

De repente, cuando iba a apretar el gatillo, como tantas veces había visto en televisión, ésta volvió con un anuncio de compresas. Ella no sabía qué eran las compresas, era demasiado pequeña para eso. Tampoco apretó el gatillo. Fue rápidamente a soltar la escopeta a su sitio, debajo del armario de la sala de la plancha y, cual espía o ladrona o ladrona espía, consiguió robar el mando de los dominios de su hermano, sin despertarlo. La película de dibujos estaba empezada pero eso no le importó. Saboreó su venganza improvisada riendo silenciosa las tonterías de Bob Esponja que, sin saberlo, fue un héroe. Bien hizo el hermano en no apagar la tele.

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2 respuestas a No signal

  1. No me queda claro. ¿La hermana mayor estaba buena?

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