Poemas de Mayo

EL DÍA QUE ESTÁ POR LLEGAR

Espero ansioso el día que nos entendamos

de verdad.

El día que no busques lo contrario que yo,

dónde tomar una decisión no sea un caos

y las contradicciones dejen de denotar inteligencia.

 

Un día tranquilo,

para poder decir bajo el sol de la noche eterna

(dentro del perpetuo eclipse de la claridad)

los silencios que nunca pude pronunciar.

 

ENÉSIMO LLANTO A GRANADA

Granada,

¿Cuántos te han llorado?

¿Cuántos te han perdido?

¿Quién te ha ganado?

¿Acaso no perdimos todos?

En ti convive la pena de ser ciego

con la pena de tener pupilas que varían de tamaño.

No poder verte es un abono a la tristeza;

verte, es la tristeza misma.

¿Habría que pasear por tus calles

con los ojos cerrados?…

(para no verte pero a la vez sentirte cerca).

¿Hablamos de ti como si tú ya no fueras tú?

(para afrontar tu pérdida y facilitar tu regreso).

 

Granada, el día que explotes,

que ya no seamos ciegos,

que veamos las luces que aún puedes ofrecernos.

 

REALITY ¿SHOW?

Hablan de la realidad

de forma “realista”,

cuando lo único que hacen, realmente,

es alejarnos de lo real.

 

AL REVÉS

Lo hacemos todo derecho, recto, centrado.

Nada queda al revés o daleado.

Propongo una inversión pero no sólo una inversión:

propongo que propongas, que te autopropongas.

 

De propina dejo un poemita de Mahmud Sobh, poeta palestino afincado en España, que me ha sorprendido gratamente:

 

UNA FLOR

Quería mandarte una flor 

para ese día que era nuestro,

pero pensé que la flor, al fin, se mustia

y que nuestro día era una flor.

 

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Hallazgo

La vida es dura, ¿qué pensábais?

Sólo el hambre curará la neurosis

de nuestra psique partida y ennegrecida.

Los tiempos felices no existen.

Existen los tiempos, sólo los tiempos,

y hasta de eso dudo.

Esto supone, sin embargo, un salto al gran optimismo:

la felicidad es una farsa,

ahora lo sé,

quizás con eso me baste algún día

para ser tan feliz

como soy ahora mismo,

mientras escribo esto, por pura necesidad,

porque hoy la Nada, el angst,

¡lo transmuto en felicidad!.

¿Cómo es posible que este caudal vaya tan limpio?

Los dioses y los jefes se lamentan,

la plebe no lo entiende, el aire está en shock, húmedo.

Yo río, ¿qué hacer si no?

Aprendí que no se puede contar en el mercado

pues me tomarían por el loco que soy.

Sonrío y espero.

El qué espero no lo sé.

Ojalá nunca lo sepa, no creo que a priori

se puedan saber demasiadas cosas agradables.

Ya veremos, todo irá bien,

o al menos irá.

Allí estaré, sonriendo.

Ya sé lo suficiente para no querer saber nada.

Es tiempo de vivir, de buscar la armonía real,

aprobé la teoría con nota,

veremos dónde me tocan las prácticas.

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La tristeza y La carta

“Por toda la hermosura

Nunca yo me perderé

Sino por un no sé qué

Que se alcanza por ventura”.

(San Juan de la Cruz, Glosa a lo divino del mismo autor).

 

La tristeza

 

¿Qué argumentos dar

a quién no quiere vivir,

a quién no encuentra la paz

ni ve un porvenir?

¿Alguien sabe

cómo mostrar la belleza de una hoja de olivo

a quién no tiene ojos para mirarla,

a quién no cree que tales cosas

puedan ser bellas?

¿Es posible iluminar

cuando falta luz y llama?

Dijeron que con el ejemplo

bastaba

pero no basta, no basta.

Y la tristeza vuelve.

Por la misma puerta por dónde marchó,

tiempo atrás.

Entra y sonríe,

con seriedad,

para mostrarnos lo inútil de vivir sin vivir.

Está en el ambiente,

aunque no le permito tocarme.

No quiero.

La veo danzar por el pasillo,

dinámica la tristeza,

 en busca de víctimas propicias,

con el afán de ultrajar voluntades,

de minar autoestimas

y de ocupar el trono sagrado

que la alegría le robó,

tiempo atrás,

cuando se discutía por todo

y los días duraban dos minutos.

Tiempo atrás,

pasaron las mismas cosas.

Tiempo atrás la vi entrar por la puerta,

la misma puerta por la que,

tiempo atrás,

marchó.

¿Y por qué esa constancia?

¿Por qué vuelve implacable?

Le veo la cara. Le hablo.

Me lo acaba de decir.

Viene a dar un mensaje,

 aún no ha podido entregarlo.

Lleva décadas con el mismo cometido.

Hasta que el destinatario,

por fin, abra el sobre,

la tristeza,

fiel emisaria de la Nada,

no marchará para siempre.

 

La carta


El sobre lleva una carta

que no puede escribirse,

una verdad

que está por ser descubierta.

Lleva la esperanza de un niño

y las últimas lágrimas de una madre.

Condensa el vacío y la plenitud,

como antítesis que se besan

y dan un resultado soñado,

a falta de pasar a la praxis.

Son cartas individuales,

no intercambiables.

Algunas llevan mucho pegamento

y son difíciles de abrir.

Siempre llevan bastante Nada dentro,

aunque a veces no contengan nada.

En esos casos,

la carta no era necesaria,

tan sólo se mandó por rutina,

por un “algo” aburrido y bromista,

que quiso poner a prueba

a quién ya había pasado esa prueba.

Yo vi mi carta.

Me lancé a por ella

sin saber qué era.

La leí.

La releí.

¿Cuántas veces?

Imposible recordarlo.

Cada vez

tenía una línea más

y una línea menos.

Ahora no necesito cartas,

mandadme vuestras postales

con imágenes de los paraísos

que disfrutáis en vuestra letargia.

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El mechero

 

Sólo encendió un cigarro, al menos con su último portador, denominado comúnmente dueño o propietario.  Se trata de un mechero normal, naranja transparente, de una marca rara, con bastante gas en el mágico instante que llegó a las manos del chico que ahora lo mira, cómo se mira a algo de un valor excepcional,  y siente, pese a no poder explicarlo, una extraña paz, un estado de tranquilidad  ciertamente atípico para lo que es nuestro concepto de ella. Es una tranquilidad basada en unas vibraciones diferentes, en un recuerdo demasiado especial como para recrear en su portador la misma melodía pausada y monótona de siempre cuando la calma llega y el cuerpo y la mente se relajan, esta vez cambian los tonos y la intensidad, siendo el resultado final realmente armónico.

Es curioso que situaciones u objetos cotidianos, en ocasiones, puedan tener una fuerza simbólica asombrosa, puedan llevar a los que conocen el significado de dicho símbolo a una “sensación de totalidad” completa, a un: saber de nuestra enorme ignorancia hacia todo lo fundamental sintiendo a su vez que se ha estado en contacto con “eso que no tiene nombre pero que es lo que somos”, como decía aquella chica de gafas oscuras.

Al día siguiente de encontrarse con su último portador, el mechero murió. No se conocen las causas debido a la imposibilidad de hacerle una autopsia clínicamente fiable, si bien se sospecha que la razón pudo ser una pequeña brecha que se aprecia en la parte baja de uno de sus costados. Podría afirmarse que su vida útil (refiriéndonos siempre desde el punto de vista de su último portador) fue bastante inútil pero eso sólo podría afirmarse desde un total desconocimiento de la génesis de su relación, que ahora no viene al caso, y del poder que atesora, debido a la misma.

Es cierto que no quemó toneladas de hachís ni encendió velas de lujuria. Es cierto que tuvo un único uso…y aún así es conservado como un tótem sagrado. ¿Nuestra mente conserva igual los recuerdos?, ¿es el mechero la mera expresión física de uno especialmente agradable y por eso tiene su estatus privilegiado en el mueble, tan envidiado por las cerillas y la mayoría de los demás mecheros? o ¿simplemente acapara un poder real, quizás fundamentado en energías que aún no podemos comprender?

Independientemente de cuál sea la respuesta, el mechero con su sola presencia sigue alumbrando la cara del chico que, sonriente, lo mira como si no estuviese viendo un mechero, como si dicho objeto inanimado poseyese más vida que cualquier otra cosa del mundo.

Maravillosa relación fraternal, no debida a una piromanía melancólica. El secreto no se conoce pese a que es sentido por el chico como una realidad latente, ¿para qué ponerle palabras si podemos sentirlo? ¿No nos robarán la magia una vez tengamos un término para referirnos a ello?

 

 

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Paseo en el coche de la racionalidad

El coche no es nuevo pero está en un estado óptimo, su velocidad es indudable. El cinturón, siempre necesario pese al gran avance que supuso el airbag, es una leve correa que amarra su cuerpo al asiento y reza por él en caso de una brutal colisión frontal o de un simple frenazo inesperado.

Pero este coche no baraja los accidentes. Es demasiado seguro, tiene abs, doble airbag, luces antiniebla, ruedas especiales…sin menospreciar el hecho de que engulle calzadas cada vez más perfectas. Sus frenos no pueden fallar, no sin que antes se encienda la luz correspondiente para avisar de tamaño percance. Tecnología punta alemana con la potencia desbocada del motor norteamericano. Todo medido, todo calculado, el margen de error llora de puro aburrimiento.

El piloto, único ocupante del vehículo, cabalga, quién sabe a dónde, más rápido de lo que cualquier animal podría soñar, siempre que dicho animal no sea humano, puesto que tales seres suelen contemplar siempre el “más”, generalmente identificándolo a su vez con lo “mejor”.

Desciende la autopista en 5º marcha, a una velocidad tan respetable como para afirmar que andando se tardaría muchísimo más o, en situaciones extremas, para pensar que no sería posible recorrer dicha distancia a pie. Pero dejemos el raro mundo de lo imposible a un lado y ciñámonos a lo posible, no menos extraño y complicado universo.

Se acerca a un pueblo de nombre indeterminado, famoso por los misterios que esconde, y, quizás a causa de la rotonda de la entrada, reduce el ritmo hasta parecer un gran mamífero metálico del sur de Europa; para comenzar inmediatamente a callejear buscando una dirección concreta guiado por su intuición, puesto que el gps no tiene planos del lugar. Esos aparatos siempre tienden a almacenar lugares determinados.

Cada vez se achica más la anchura de la calle hasta llegar a un punto, demasiado estrecho, que el coche no puede atravesar pero que el conductor necesita pasar. La imposibilidad de cruzar con el coche es manifiesta, caminos alternativos son inviables por inexistentes.

El hombre toma la decisión, sorprendente para quien conoce las cómodas bondades de dicho vehículo, de bajarse y, en un acto insólito de tremenda osadía, continúa andando por el estrecho callejón que le lleva a su destino, dejando atrás la poderosa máquina surgida del pensamiento y de la técnica.

El coche esperará tranquilo el momento de volver a ser útil, porque a buen seguro volverá a serlo, cuando su dueño, el conductor, vuelva de su paseo por los callejones misteriosos a los que, en última instancia, tan sólo se puede acceder a pie.

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Bodas de Oro

Márton acaba de morir en la cama acompañado de su esposa que duerme junto a él. Es un 25 de Enero y son las 23.25 horas, los gallos apenas comienzan a cantar.

Se despierta minutos después y le da un beso cargado de amor a Réka, como si fuese el último de una larga secuencia histórica o el primero.

Al rato, son casi las 23 horas, tras holgazanear un poco sale de la cama, contento, sin duda va a ser un día excepcional.  Toda la familia reunida, hijos y nietos, ramas verdes de su futuro tronco que brotan con fuerza. La simple idea le hace feliz. Apenas tiene sueño.

Son sus bodas de oro, le parece mentira tener que esperar 50 años para casarse, ¡lo ve tan lejano!

Se quita el pijama y se viste de gala aunque su aspecto es el de un hombre cansado tras un día largo e intenso. La corbata dista mucho de respetar su trazo habitual y parece una soga en su cuello, soga que no aprieta, pues no es ésta una historia de suicidas. La camisa está por fuera de los pantalones y además manchada de vino.

Aún así Réka, pese a su formalidad y respeto a lo que es correcto, sonríe al ver el curioso porte con el que Márton sale de la habitación, con el honor suficiente para forzar brindis, brindis que quizás le quiten los coloretes que presentan sus mejillas.

Y ahí están todos, la familia llega al completo, se saludan y besan como si no fuesen a verse durante un tiempo, pese a que el día no está más que comenzando. Son las 21.40  y todos andan ya igual de desaliñados, dentro de sus trajes y vestidos de noche, con niños dormidos por el cansancio del madrugón reciente y camareros del cátering ajetreados trayendo las copas del brindis que acaban de hacer. Todo el mundo ríe excepto un niño que llora desconsolado. El pequeño Attila se asusta. Inmediatamente un camarero descolcha una botella de champán con gran estruendo. No será la primera vez que Attila necesite una tirita antes de hacerse la herida.

Los  postres vienen, acompañados de palinka. La tarta está deliciosa pero el menú promete mucho y hay que guardar espacio. Todo está por decir en la velada. Réka sonríe, guapísima a sus 70 años, los nietos, de puro cansancio, parecen seres civilizados y los hijos, eslabón intermedio, quieren tanto a sus padres y han brindado tanto por ese amor que ya sólo les queda la opción de comer tranquilos y de hablar de nada, tal y como suelen ser las conversaciones en mesas ampliamente pobladas a la hora de cenar. Más si se trata de familiares, nunca se puede hablar de algo con familiares si es de noche y hay vino, es mejor postergar la charla para después, quizás para el té de la tarde.

Llega el segundo plato y los niños respiran tranquilos porque no es goulash, un segundo plato nunca puede ser goulash. Sirven carne con guarnición, energía para encarar la tarde venidera, la jornada laboral, en el caso de los mayores, y el colegio, para los más pequeños.

Márton tiene mucho por encarar, también. Está jubilado por lo que le queda aún una amplísima carrera laboral. Tiene 74 años y probablemente trabaje hasta los 16, hasta los 23 si decide estudiar en la universidad. Eso no le preocupa ahora, ya tendrá tiempo para ello, prefiere centrarse en el solomillo y en ver la cara de esos nietos que deberá ir viendo nacer, de esos hijos que tendrá que tener y que educar. Tanto trabajo que, si no estuviera ya hecho y a la vez por hacer, nadie creería que es posible el llevarlo a cabo.

De primer plato, como temían los pequeños, hay goulash. Los infantes han tenido demasiado tiempo para disfrutarlo y ahora prefieren sabores nuevos y diferentes, generalmente edulcorados. No tienen miedo a destrozar su dentadura con cantidades ingentes de caramelos porque, debido a su edad, ya tienen la capacidad de regenerarla, nada que ver con su joven abuelo y su dentadura postiza de principiante.

Para finalizar la comida los camareros traen unos entrantes y vino, cuya denominación de origen no conocemos pero que debe de ser realmente peculiar, puesto que es un vino que al beberlo desemborracha y que mancha a priori, para después dejar las camisas de blanco impoluto. Quizás sea marroquí.

La gente cada vez se muestra más seria, formal, distante. La comida ya ha acabado y todo comienza a estar más medido, cada palabra lleva un doble sentido que no siempre busca agradar, la velada pierde la sincera cercanía de la que hacía gala al principio.

Los niños, enérgicos, pelean y corren y gritan y lloran y ríen y saltan, en un desorden cíclico pero constante.  Sin duda debe ser debido a lo mucho que alimenta el goulash.

Se acerca el momento de la despedida y, entre mucha alegría fingida, Márton y Réka lucen felices, fingiendo tan sólo que no notan el fingir de los demás, de algunos de los demás, que no todo es fingimiento.

Cada cual se retira a sus respectivas vidas, pues son ya cerca de las 17 horas y pronto comenzarán las obligaciones pertinentes y, al igual que las vidas, respectivas.

Márton, que sigue jubilado, a la espera de serle más útil a la sociedad, da un largo paseo sin pensar en nada. ¿Para qué pensar pudiendo tan sólo disfrutar del pasear?.La Isla Margarita le cuenta sus secretos más íntimos con un susurro que recuerda gravemente al vals del Danubio Azul, otorgándole a dicho río un cromatismo con el que tan sólo puede soñar, al menos de momento. El Bastión de los Pescadores observa a nuestro protagonista desde su posición privilegiada, a la espera de pescadores que hagan de ese magnífico lugar un verdadero bastión.

Vuelve a casa dándole la espalda al parlamento, ya de día cerrado, y almuerza algo ligero con su esposa que ha estado toda la tarde cosiendo un suéter de ideas porque estaba demasiado cansada para el exigente paseo.

Deciden acostarse a la espera de días similares, puesto que pedir más es poco y pedir menos estúpido.

Márton se duerme rápido pero se despierta con un leve repullo para volver a dormirse instantáneamente, es temprano, son las 8.30 de la mañana, se acostó hace menos de media hora y necesita descansar para prepararse ante lo que le espera, una vida plena de amor y felicidad, de penas y miserias, de abundancia y esperanza no exenta de desesperanza. Martón acaba de nacer, tiene un día de vida, todo está por escribirse, aunque la historia ya se sienta como un terrible deja vú eterno, aunque parezca que todo viene siempre a destiempo, justo en el momento no concreto.

No se preocupa por nada, porque sabe que todo saldrá bien, que nada es ese fin del mundo que a veces parece o que nos cuentan. Ha nacido con la sabiduría de un niño, a su corta edad, 74 años, ello constituye un regalo delicioso. Ya tendrá tiempo para aprehender y desaprender, pero sin duda, y eso nos alegra profundamente, es consciente de que pase lo que pase, saldrá adelante con la sonrisa de superioridad que le produce el sentirse minúsculo, el saberse minúsculo dentro de un orden mayúsculo que quizás, en otro momento, se esfuerce por entender.

Ahora no, ahora sonríe en su propio sueño, las preguntas vendrán a su debido momento pero puesto que éste no es tal momento, no han de venir. Están en otros lugares. Sabe que, además, la clave es hacer las preguntas adecuadas, lo olvidará pronto. Réka le da un beso y lo arropa, él duerme, ha sido un día ajetreado. Desde su muerte al buen rato con la familia y paseo posterior, muchas emociones en el día de su nacimiento.

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Poemas

I

En la noche cerrada

recomienza la búsqueda,

dentro del refugio solitario

del colchón y las sábanas.

¿Se pueden escalar montañas

estando tumbado en calzoncillos?.

¿Es posible ver nuevos horizontes

con los ojos cerrados?

La gran tragedia del ser humano

consiste en buscar sin descanso

algo que es intrínseco a él mismo,

que lo compone y descompone.

La eterna búsqueda del ser

a costa del ser,

puesto que si algo es observado,

nunca se mostrará tal y cómo es.

Necesitamos una nueva mirada

que abarque menos

y logre ver más.

Una mirada que no mire

y que no tenga miedo

ante lo que pueda encontrar.

Quizás así accedamos a una honestidad

que ya no edulcore la verdad

con colores y entes viejos.

II

Sueñan los niños

con ser adultos,

mientras son niños.

Aún no saben nada

y es por ello

que lo saben todo.

Los adultos, por su parte,

cuando son leones,

sueñan con ser niños.

Los más rezagados,

fáciles de reconocer

por las jorobas,

sueñan con ser leones

cuando ya no aguantan

el peso en la espalda

y la sed cotidiana.

Luego están los que ya no sueñan.

Los que apenas fueron niños

y no llegaron a adultos.

Viven llenos de vacío,

dentro del limbo terrenal.

III

¿Qué quieres?, me preguntan.

“Un vaso de agua, un azucarillo más,

que me prestes un libro…”,

suelo responder.

Son respuestas útiles, accesibles,

comprensibles para ambos.

Pero, ¿cómo voy a decirte

lo que quiero

si nunca he sabido qué quiero?.

¿Cómo voy a saber qué quiero

si nadie puede responder

la única pregunta que tengo?.

Una vez lleguen respuestas,

quizás llegue a saberlo.

Hasta entonces,

querría un vaso de agua,

por favor.

 

IV

Ante el suplicio de la Nada

me escudo en la belleza.

Ante ésta me escudo en reír.

Y ante la risa, el absurdo

y la completa negación de lo ente,

(viniendo la Nada de nuevo),

mi salvación es la esperanza

de que Todo está por ser creado.

Desde la base.

Otra vez. Y otra.

Hasta que, por fin,

nuestra voluntad creadora

moldee algo

en lo que todos podamos creer.

Si hemos de vivir un sueño,

no lo convirtamos en pesadilla,

 tal y como acostumbramos.

V

Desde lo alto de la montaña

se ven las laderas, los valles

y el cielo.

También se ven otras montañas,

de igual, mayor o menor tamaño.

Pero para ver la tierra,

en su totalidad,

Hemos de salir de ella.

Desde lo alto del ser

se ven los brazos, el cuerpo

Y el cielo.

También se ven otros seres,

de igual, mayor o menor tamaño.

Pero para ver el ser,

en  su totalidad,

¿qué debemos hacer?

 

Pd.

Criminalizan el amor

Porque ahí reside nuestra liberación.

Nos inyectan odio y miedo

Porque son los grilletes

Que mejor se ajustan

A nuestras delicadas muñecas.

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